viernes, 11 de marzo de 2022

Via Crucis Manises 11 de marzo 2022

 DIOS ES MISERICORDIA

INTRODUCCIÓN

¡Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de las misericordias y Dios 

de todo consuelo! (2 Co1,3)

En este Jubileo Extraordinario, el Vía Crucis del Viernes Santo nos atrae con una fuerza particular, la de la misericordia del Padre Celeste, que quiere derramar sobre todos nosotros su Espíritu de gracia y de consuelo.

La misericordia es el canal de la gracia de Dios que llega a todos los hombres y mujeres de hoy. Hombres y mujeres a menudo perdidos y confundidos, materialistas e idólatras, pobres y solos. Miembros de una sociedad que parece haber desterrado el pecado y la verdad.

«Volverán sus ojos hacia mí, al que traspasaron» (Za 12,10). Que las palabras proféticas de Zacarías se cumplan también en nosotros esta tarde. Que se eleve la mirada de nuestras infinitas  miserias  para  posarse  sobre  él,  Cristo  Señor,  Amor  misericordioso.  Entonces podremos contemplar su rostro y escuchar sus palabras: «Con amor eterno te amé» (Jr 31,3). Él, con su perdón, borra nuestros pecados y nos abre el camino de la santidad, en el que abrazaremos nuestra cruz, junto con él, por amor a los hermanos. La fuente que ha lavado nuestro pecado se transformará dentro de nosotros «en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna» (Jn 4,14).

Breve pausa de silencio

Oremos

Padre eterno,

Por medio de la Pasión de tu amado Hijo, 

has querido revelarnos tu corazón

y darnos tu misericordia.

Haz que, unidos a María, Madre suya y nuestra, 

sepamos acoger y custodiar siempre el don del amor. 

Que ella, Madre de la Misericordia,

te presente las oraciones que elevamos por nosotros y por toda la humanidad, 

para que la gracia de este Vía Crucis

llegue a todos los corazones humanos 

e infunda en ellos una esperanza nueva, 

esa esperanza indefectible

que irradia desde la cruz de Jesús,

que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.


Primera Estación. Jesús es condenado a muerte

Te adoramos, oh Cristo y te bendecimos.

Pueblo: Porque por tu santa Cruz redimiste al mundo. 


Lectura del Evangelio según san Marcos (15, 14-15)

Pilato les dijo: «Pues ¿qué mal ha hecho?». Ellos gritaron más fuerte: «Crucifícalo». Y Pilato, queriendo complacer a la gente, les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran.

Jesús está solo ante el poder de este mundo. Y se somete hasta el final a la justicia de los hombres. Pilato se encuentra ante un misterio que no llega a comprender. Se interroga y pide explicaciones. Busca una solución y llega, posiblemente, hasta el umbral de la verdad. 

Pero decide no cruzarlo. Entre la vida y la verdad escoge la propia vida. Entre el hoy y la eternidad elige el hoy. La muchedumbre elige a Barrabás y abandona a Jesús. La gente quiere la justicia de la tierra y opta por el justiciero: aquel que podría liberarles de la opresión y del yugo de la esclavitud. 

Pero la justicia de Jesús no se cumple con una revolución: pasa a través del escándalo de la cruz. Jesús desbarata cualquier plan de liberación porque toma sobre sí el mal del mundo y no responde al mal con el mal. Y esto los hombres no lo entienden. No entienden que la justicia de Dios pueda derivarse de una derrota del hombre.

Cada uno de nosotros forma parte hoy de la muchedumbre que grita: «¡Crucifícale!». Nadie puede sentirse excluido. La muchedumbre y Pilato, en efecto, están dominados por una sensación  interior  que  acomuna  a  todos  los  hombres:  el  miedo.  El  miedo  a  perder  las propias seguridades, los propios bienes, la propia vida. Pero Jesús señala otro camino.

Señor Jesús, cómo nos sentimos semejantes a estos personajes. ¡Cuánto miedo hay en nuestra vida! Tenemos miedo del diferente, del extranjero, del emigrante. 

Nos causa temor el futuro, los imprevistos, la miseria. Cuánto miedo hay en nuestras familias, en los lugares de trabajo, y en nuestras ciudades… 

Y, tal vez, tenemos miedo también de Dios: miedo del juicio divino, que nace de la poca fe, de no conocer su corazón y de las dudas sobre su misericordia.

Señor Jesús, condenado por el miedo de los hombres, líbranos del temor de tu juicio.

Haz que el grito de nuestras angustias no nos impida sentir la dulce fuerza de tu invitación: 

«¡No tengáis miedo!».

Padre nuestro …


Segunda estación. Jesús con la cruz a cuestas

Te adoramos, oh Cristo y te bendecimos.

Pueblo: Porque por tu santa Cruz redimiste al mundo. 


Lectura del Evangelio según san Marcos (15,20)

Terminada la burla, le quitaron la púrpura y le pusieron su ropa. Y lo sacan para crucificarlo. El miedo ha emitido la sentencia, pero no puede desvelarse y se esconde detrás de las actitudes del mundo: escarnio, humillación, violencia y burla. Ahora Jesús está revestido con sus ropas, con su sola humanidad, dolorosa y sangrante, sin púrpura, ni ningún signo de su divinidad. Y así lo presenta Pilato: «Ecce homo!» (Jn 19,5).

Esta es la condición de todo el que se pone a seguir a Cristo. El cristiano no busca el aplauso del  mundo  o  la  aprobación  de  la  calle.  El  cristiano  no  adula  y  no  dice  mentiras  para conquistar el poder. El cristiano acepta el escarnio y la humillación a causa del amor y de la verdad.

«¿Qué es la verdad?» (Jn 18,38), preguntó Pilato a Jesús. Esta es la pregunta de todos los tiempos. Es la pregunta de hoy. Aquí está la verdad: la verdad del Hijo del hombre predicho por los profetas (cf. Is 52,13-53,12), un rostro humano desfigurado que desvela la fidelidad de Dios.

En cambio, demasiado a menudo, buscamos la verdad a bajo precio, que se acomode a nuestra  vida,  que  responda  a  nuestras  inseguridades  o  incluso  que  satisfaga  nuestros intereses más bajos. De este modo, terminamos conformándonos con verdades parciales o aparentes, dejándonos engañar por «profetas de desventura que anuncian siempre lo peor» (san  Juan  XXIII)  o  por  hábiles  flautistas  que  anestesian  nuestro  corazón  con  músicas sugerentes que nos alejan del amor de Cristo.

El Verbo de Dios se ha hecho hombre, Vino a enseñarnos la verdad toda entera, sobre Dios y el hombre. 

Dios es aquel que toma la cruz sobre sus hombros (cf. Jn 19,17) y se encamina por la vía del don misericordioso de sí mismo.

Y el hombre que se realiza en la verdad es aquel que lo sigue en ese mismo camino.

Señor Jesús, concédenos contemplarte en la teofanía de la cruz, el punto más alto de tu revelación, y de reconocer también en el esplendor misterioso de tu rostro los rasgos de nuestro rostro.

Padre nuestro …


Tercera Estación. Jesús cae por primera vez

Te adoramos, oh Cristo y te bendecimos.

Pueblo: Porque por tu santa Cruz redimiste al mundo. 


Lectura del profeta Isaías (53, 4.7)

Él  soportó  nuestros  sufrimientos  y  aguantó  nuestros  dolores;  nosotros  lo  estimamos leproso, herido de Dios y humillado. Maltratado, voluntariamente se humillaba y no abría la boca: como cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría la boca.

Jesús es el Cordero, predicho por el profeta, que ha cargado sobre sus hombros el pecado de toda la humanidad. Se ha hecho cargo de la debilidad del amado, de sus dolores y delitos, de sus iniquidades y maldiciones. Hemos llegado al punto extremo de la encarnación del Verbo. Pero hay un punto aún más bajo: Jesús cae bajo el peso de esta cruz. ¡Un Dios que cae!

En esta caída está Jesús que da sentido al sufrimiento de los hombres. El sufrimiento para el hombre es a veces un absurdo, incomprensible para la mente, presagio de muerte. Hay sufrimientos  que  parecen  negar  el  amor  de  Dios.  ¿Dónde  está  Dios  en  los  campos  de exterminio? ¿Dónde está Dios en las minas y en las fábricas donde trabajan los niños como esclavos? ¿Dónde está Dios en las pateras que se hunden en el Mediterráneo? 

Jesús cae bajo el peso de la cruz, pero no queda aplastado. Cristo está allí, descartado entre los descartados, último entre los últimos. Náufrago entre los náufragos.

Dios se hace cargo de todo eso. Un Dios que por amor renuncia a mostrar su omnipotencia. Pero que así, precisamente así, caído en tierra como grano de trigo, Dios es fiel a sí mismo: fiel en el amor.

Te rogamos, Señor,

por todos esos sufrimientos que parecen no tener sentido,

por los judíos muertos en los campos de exterminio,

por los cristianos asesinados por odio a la fe,

por las víctimas de toda persecución,

por los niños esclavizados en el trabajo,

por los inocentes que mueren en las guerras.

Haznos comprender, Señor, cuánta libertad y fuerza interior hay en esta inédita revelación 

de tu divinidad, tan humana como para caer bajo el peso de la cruz de los pecados del 

hombre, tan divinamente misericordiosa como para derrotar el mal que nos oprimía.

Padre nuestro …


CUARTA ESTACIÓN. Jesús encuentra a su Madre

Te adoramos, oh Cristo y te bendecimos.

Pueblo: Porque por tu santa Cruz redimiste al mundo. 


Lectura del Evangelio según San Lucas (2, 34-35.51)

Simeón los bendijo diciendo a María, su madre: «Mira, éste está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti, una espada te traspasará el alma». Su madre conservaba todo esto en su corazón.

Dios ha querido que la vida venga al mundo a través del dolor del parto: a través del sufrimiento de una madre que da la vida al mundo. Todos necesitan una Madre, también Dios. «El Verbo se hizo carne» (Jn 1,14) en el seno de una Virgen. María lo acogió, lo dio a luz en Belén, lo envolvió en pañales, lo protegió y lo hizo crecer con el calor de su amor, y lo acompañó hasta su «hora».

Ahora, a los pies del Calvario, se cumple la profecía de Simeón: una espada le atraviesa el corazón. María ve al Hijo, desfigurado y exánime bajo el peso de la cruz. Ojos dolorosos, los de la Madre, partícipe hasta el extremo en el dolor del Hijo, pero también ojos llenos de esperanza, que, desde el día de su «sí» al anuncio del ángel (cf. Lc 1,26-38) no han dejado de reflejar esa luz divina que brilla también en este día de sufrimiento.

María es esposa de José y madre de Jesús. Hoy como siempre la familia es el corazón palpitante  de  la  sociedad;  célula  irrenunciable  de  la  vida  común;  clave  de  bóveda insustituible de las relaciones humanas; amor para siempre que salvará al mundo.

María es mujer y madre. Genio femenino y ternura. Sabiduría y caridad. María, como madre de todos, «es signo de esperanza para los pueblos que sufren dolores de parto», y «como una  verdadera  madre,  ella  camina  con  nosotros,  lucha  con  nosotros,  y  derrama incesantemente la cercanía del amor de Dios» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 286).

Oh María, Madre del Señor,

Tú fuiste para tu divino Hijo el primer reflejo de la misericordia de su Padre, 

aquella misericordia que le pediste que manifestara en Caná.

Ahora que tu Hijo nos revela el Rostro del Padre hasta las últimas consecuencias del amor, 

caminas en silencio tras sus huellas, como primera discípula de la cruz.

Oh María, Virgen fiel,

cuida de todos los huérfanos de la Tierra,

protege a todas las mujeres explotadas y maltratadas. 

Suscita mujeres valerosas para el bien de la Iglesia.

Inspira a cada madre para que eduque a sus hijos en la ternura del amor de Dios, 

y que, en el momento de la prueba, los acompañen en su camino

con la fuerza silenciosa de su fe. 

Padre nuestro …


QUINTA ESTACIÓN. El Cirineo ayuda a Jesús a llevar la cruz

Te adoramos, oh Cristo y te bendecimos.

Pueblo: Porque por tu santa Cruz redimiste al mundo. 


Lectura del Evangelio según San Marcos (15, 21-22)

Y a uno que pasaba, de vuelta del campo, a Simón de Cirene, el padre de Alejandro y de Rufo, lo forzaron a llevar la cruz. Y llevaron a Jesús al Gólgota, que quiere decir lugar de «La Calavera».

En  la  historia  de la  salvación  aparece  un  hombre  desconocido.  A  Simón  de  Cirene,  un trabajador que volvía del campo, lo obligan a llevar la cruz. Y la gracia del amor de Cristo, que pasa a través de aquella cruz, actúa en primer lugar en él. Y Simón, forzado a llevar un peso a regañadientes, llegará a ser discípulo del Señor.

Cuando el sufrimiento toca a la puerta nunca es bien recibido. Se presenta siempre como una imposición, a veces incluso como una injusticia. Y nos puede encontrar dramáticamente desprevenidos. Una enfermedad puede acabar con nuestros proyectos de vida. Un niño discapacitado puede perturbar el sueño de una maternidad anhelada. Esa tribulación no buscada llama sin embargo con prepotencia al corazón del hombre. ¿Cómo reaccionamos frente al sufrimiento de una persona amada? ¿Cuánto nos preocupa el grito de quien sufre pero vive lejos de nosotros?

El Cirineo nos ayuda a entrar en la fragilidad del alma humana y nos descubre otro aspecto de la humanidad de Jesús. Hasta el Hijo de Dios tuvo necesidad de alguien que lo ayudara a llevar la cruz. ¿Quién es el Cirineo? Es la misericordia de Dios presente en la historia de los seres  humanos.  Dios  se  ensucia  las  manos  con  nosotros,  con  nuestros  pecados  y fragilidades. No se avergüenza. Y no nos abandona.

Señor Jesús,

te damos gracias por este don que supera todo deseo y nos desvela tu misericordia.Tú nos has amado, no sólo hasta darnos la salvación, sino hasta hacernos instrumentos de salvación.

Mientras tu cruz da sentido a todas nuestras cruces, a nosotros se nos da la gracia más grande de la vida:

participar activamente en el misterio de la redención, ser instrumentos de salvación para nuestros hermanos.   

Padre nuestro…


SEXTA ESTACIÓN. La Verónica enjuga el rostro de Jesús

Te adoramos, oh Cristo y te bendecimos.

Pueblo: Porque por tu santa Cruz redimiste al mundo. 


Lectura del profeta Isaías (53, 2-3)

Sin figura, sin belleza. Lo vimos sin aspecto atrayente, despreciado y evitado de los hombres, como un hombre de dolores, acostumbrado a sufrimientos, ante el cual se ocultaban los rostros, despreciado y desestimado.

Entre la agitada multitud que contempla la subida de Jesús al Calvario, aparece Verónica, una mujer sin rostro, sin historia. Y, sin embargo, una mujer valiente, dispuesta a escuchar al Espíritu y seguir sus inspiraciones, capaz de reconocer la gloria del Hijo de Dios en el rostro desfigurado de Jesús, y percibir su invitación: «Vosotros, los que pasáis por el camino, mirad y ved si hay dolor como el dolor que me atormenta» (Lm 1,12).

El amor que encarna esta mujer nos deja sin palabras. El amor le da fuerzas para desafiar a los guardias, para atravesar la multitud, para acercarse al Señor y realizar un gesto de compasión y de fe: detener el flujo de sangre de las heridas, enjugar las lágrimas del dolor, contemplar aquel rostro desfigurado, detrás del cual se esconde el rostro de Dios.

Instintivamente huimos del sufrimiento, porque el sufrimiento nos repugna. Cuántas veces, cuando  nos  encontramos  con  tantos  rostros  desfigurados  por  las  aflicciones  de  la  vida miramos  a  otro  lado.  ¿Cómo  no  ver  el  rostro  del  Señor  en  los  millones  de  prófugos, refugiados  y  desplazados  que  huyen  desesperados  del  horror  de  la  guerra,  de  las persecuciones y de las dictaduras? Para cada uno de ellos, con su rostro irrepetible, Dios se manifiesta siempre como un valiente rescatador. Como Verónica, la mujer sin rostro, que enjugó amorosamente el rostro de Jesús.

«Tu rostro buscaré, Señor» (Sal 27,8).

Ayúdame a encontrarlo en los hermanos que recorren la vía del dolor y de la humillación. 

Haz que sepa enjugar las lágrimas y la sangre de los vencidos de toda época, de los que la sociedad rica y despreocupada descarta sin escrúpulo.

Haz que detrás de cada rostro, también el del hombre más abandonado, sepa descubrir tu rostro de belleza infinita.

Padre nuestro …


Séptima Estación. Jesús cae por segunda vez

Te adoramos, oh Cristo y te bendecimos.

Pueblo: Porque por tu santa Cruz redimiste al mundo. 


Lectura del profeta Isaías (53,5)

Fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes. Nuestro castigo saludable cayó sobre él, sus cicatrices nos curaron.

Jesús cae de nuevo. Aplastado pero no aniquilado por el peso de la cruz. Una vez más, descubre su humanidad. Es una experiencia al límite de la impotencia, de vergüenza ante quienes lo afrentan, de humillación ante quienes habían esperado en él. Nadie quisiera nunca caer por tierra y experimentar el fracaso. Especialmente delante de otras personas. 

Con frecuencia los hombres se rebelan contra la idea de no tener poder, de no ser capaces de llevar adelante la propia vida. Jesús, en cambio, encarna el «poder de los sin poder». 

Experimenta el tormento de la cruz y la fuerza salvadora de la fe. Sólo Dios puede salvarnos. 

Sólo él puede transformar un signo de muerte en una cruz gloriosa.

Si Jesús ha caído en tierra por segunda vez por el peso de nuestros pecados, aceptemos entonces que también nosotros caemos, que hemos caído, que aún podemos caer por nuestros pecados. Reconozcamos que no podemos salvarnos por nosotros mismos, con nuestras propias fuerzas. 

Señor Jesús, que has aceptado la humillación de caer de nuevo bajo la mirada de todos: quisiéramos contemplarte no sólo cuando estás en el polvo,sino fijar en ti nuestra mirada,desde la misma situación, también nosotros por tierra, caídos por nuestras debilidades. 

Haznos tomar conciencia de nuestro pecado,la voluntad de volver a levantarse que nace del dolor. 

Da a toda tu Iglesia la conciencia del sufrimiento.

Ofrece en particular a los ministros de la Reconciliación el don de las lágrimas por sus pecados.

¿Cómo podrán invocar sobre los demás y sobre sí mismos tu misericordia si no saben primero llorar sus propias culpas?

Padre nuestro …


Octava Estación. Jesús encuentra a las mujeres de Jerusalén

Te adoramos, oh Cristo y te bendecimos.

Pueblo: Porque por tu santa Cruz redimiste al mundo. 


Lectura del Evangelio según san Lucas (23,27-28)

Lo seguía un gran gentío del pueblo, y de mujeres que se golpeaban el pecho y lanzaban lamentos por él. Jesús se volvió hacia ellas y les dijo: «Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos».

Jesús, aunque está desgarrado por el dolor y busca refugio en el Padre, siente compasión del pueblo que lo seguía y se dirige directamente a las mujeres que lo están acompañando en el camino del Calvario. Y hace un enérgico llamamiento a la conversión.

«No lloréis por mí», dice el Nazareno, porque yo estoy haciendo la voluntad del Padre, sino llorad por vosotras por todas las veces que no hacéis la voluntad de Dios.

Es el Cordero de Dios el que habla y que, llevando sobre sus hombros el pecado del mundo, purifica los ojos de estas hijas, que ya se dirigen hacia él, aunque de modo imperfecto. 

«¿Qué tenemos que hacer?», parece gritar el llanto de estas mujeres delante del Inocente. 

Es la misma pregunta que la multitud le hizo al Bautista (cf. Lc 3,10) y que repiten luego quienes  escuchan  a  Pedro  después  de  Pentecostés,  sintiéndose  traspasado  el  corazón: 

«¿Qué tenemos que hacer?» (Hch 2,37).

La respuesta es simple y precisa: «Convertíos». Una conversión personal y comunitaria: «Rezad unos por otros para que os curéis» (St 5,16). No hay conversión sin caridad. Y la caridad es el modo de ser Iglesia.

Señor Jesús, que tu gracia sostenga nuestro camino de conversión para regresar a ti, en comunión con nuestros hermanos, por quienes te pedimos nos des tus mismas entrañas de misericordia, entrañas maternas que nos hagan capaces de sentir unos por otros ternura y compasión. y de llegar a entregarnos por la salvación del prójimo.

Padre nuestro …

Novena Estación. Jesús cae por tercera vez

Te adoramos, oh Cristo y te bendecimos.

Pueblo: Porque por tu santa Cruz redimiste al mundo. 


Lectura de la carta del Apóstol Pablo a los Filipenses (2,6-7)

Él, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres. 

Jesús cae por tercera vez. El Hijo de Dios experimenta hasta las últimas consecuencias la condición  humana.  Con  esta  caída  entra  aún  más  plenamente  en  la  historia  de  la humanidad.  Y  acompaña  en  todo  momento  a  la  humanidad  que  sufre.  «Yo  estoy  con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos» (Mt 28, 21).

¡Cuántas veces los hombres y las mujeres caen por tierra! ¡Cuántas veces los hombres, las mujeres y los niños sufren por la familia dividida! ¡Cuántas veces los hombres y las mujeres piensan  que  no  tienen  más  dignidad  porque  no  tienen  un  trabajo!  ¡Cuántas  veces  los jóvenes están obligados a vivir una vida precaria y pierden la esperanza en el futuro!

El hombre que cae, y que contempla al Dios que cae, es el hombre que puede finalmente admitir  su  debilidad  e  impotencia  ya  sin  temor  y  desesperación,  precisamente  porque también Dios lo ha experimentado en su Hijo. Es gracias a la misericordia que Dios se ha bajado hasta este punto, hasta estar tendido en el polvo del camino. Polvo mojado por el sudor de Adán y la sangre de Jesús y de todos los mártires de la historia; polvo bendecido por las lágrimas de tantos hermanos que murieron por la violencia y la explotación del hombre por el hombre. A este polvo bendito, ultrajado, violado y depredado por el egoísmo humano, el Señor ha reservado su último abrazo.

Señor Jesús, postrado sobre esta tierra reseca, estás cerca de todos los hombres que sufrene infundes en sus corazones la fuerza para volver a levantarse. 

Te pido, Dios de la misericordia, por todos los que se encuentran postrados por tierra por tantos motivos: 

pecados personales, matrimonios fracasados, soledad, pérdida del trabajo, dramas familiares, angustia por el futuro. 

Hazles sentir que tú no estás lejos de cada uno de ellos, porque el más próximo a ti, que eres la misericordia encarnada, es el hombre que más siente la necesidad del perdón y sigue esperando contra toda esperanza. 

Padre nuestro …

Décima Estación. Jesús es despojado de sus vestiduras

Te adoramos, oh Cristo y te bendecimos.

Pueblo: Porque por tu santa Cruz redimiste al mundo. 


Lectura del Evangelio según san Marcos (15,24)

Después lo crucificaron. Los soldados se repartieron sus vestiduras, sorteándolas para ver qué le tocaba a cada uno. A los pies de la cruz, bajo el crucificado y los ladrones que sufren, están los soldados que se disputan las vestiduras de Jesús. Es la banalidad del mal.

La mirada de los soldados es ajena a este sufrimiento y distante de la historia que los rodea. Parece  que  lo  que  está  sucediendo  no  les  afecta.  Mientras  el  Hijo  de  Dios  padece  los suplicios  de  la  cruz,  ellos,  sin  inmutarse,  siguen  llevando  una  vida  dominada  por  las pasiones. Esta es la gran paradoja de la libertad que Dios ha concedido a sus hijos. Ante la muerte de Jesús, cada hombre puede elegir: o contemplar a Cristo o «echar a suertes».

Es enorme la distancia que separa al Crucificado de sus verdugos. El interés mezquino por las vestiduras no les permite percibir el sentido de aquel cuerpo inerme y despreciado, escarnecido  y  maltratado,  en  el  que  se  cumple  la  divina  voluntad  de  salvación  de  la humanidad entera.

Aquel cuerpo que el Padre ha «preparado» para el Hijo (cf. Sal 40, 7; Hb 10, 5) expresa ahora el amor del Hijo por el Padre y el don total de Jesús a los hombres. Aquel cuerpo despojado de todo, menos del amor, encierra en sí el inmenso dolor de la humanidad y habla de todas sus heridas. Sobre todo de las más dolorosas: las llagas de los niños profanados en su intimidad.

Aquel cuerpo mudo y sangrante, flagelado y humillado, indica el camino de la justicia. La justicia de Dios que transforma el sufrimiento más atroz en la luz de la resurrección.

Señor Jesús: Quiero presentar ante ti a toda la humanidad dolorida.

Los cuerpos de hombres y mujeres, de niños y ancianos, de enfermos y discapacitados oprimidos en su dignidad. Cuántas violencias a lo largo de la historia de esta humanidad han golpeado lo que el hombre tiene como más suyo, algo sagrado y bendito porque procede de Dios.

Te pedimos, Señor, por quien ha sido violado en su intimidad.

Por quien no comprende el misterio de su propio cuerpo, por quien no lo acepta o desfigura su belleza, por quien no respeta la debilidad y la sacralidad del cuerpo que envejece y muere. 

Y que un día resucitará.

Padre nuestro …


UNDÉCIMA ESTACIÓN. Jesús es clavado en la cruz

Te adoramos, oh Cristo y te bendecimos.

Pueblo: Porque por tu santa Cruz redimiste al mundo. 


Lectura del Evangelio según san Lucas (23, 39-43)

Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros». Pero el otro lo increpaba, diciéndole: «¿No tienes temor de Dios, tú que sufres la misma pena que él? Nosotros la sufrimos justamente, porque pagamos nuestras culpas, pero él no ha hecho nada malo». Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas a establecer tu Reino». Él le respondió: «Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso».

Jesús está en la cruz, «árbol fecundo y glorioso», «tálamo, trono y altar». Y desde lo alto de este trono, punto de atracción del todo el universo, perdona a quienes lo crucifican «porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34). Sobre la cruz de Cristo, «balanza del gran rescate», resplandece una omnipotencia que se despoja, una sabiduría que se abaja hasta la locura, un amor que se ofrece en sacrificio.

A  la  derecha  y  a  la  izquierda  de  Jesús  están  los  dos  malhechores,  probablemente  dos asesinos. Estos dos malhechores interpelan al corazón de todo hombre porque muestran dos modos diferentes de estar en la cruz: el primero maldice a Dios, el segundo reconoce a Dios en esa cruz. El primer malhechor propone la solución más cómoda para todos. Propone una salvación humana y su mirada está dirigida hacia abajo. La salvación para él significa escapar de la cruz y acabar con el sufrimiento. Es la lógica de la cultura del descarte. Pide a Dios eliminar todo lo que no es útil ni digno de ser vivido.

El segundo malhechor, sin embargo, no negocia una solución. Propone una salvación divina y  su  mirada  está  dirigida  totalmente  al  cielo.  Para  él,  la  salvación  significa  aceptar  la voluntad de Dios incluso en las peores condiciones. Es el triunfo de la cultura del amor y del perdón.

Es la locura de la cruz ante la cual toda sabiduría humana desaparece y queda en silencio. Tú, crucificado por amor, dame ese perdón tuyo que olvida y esa misericordia que recrea.

Hazme experimentar en cada confesión la gracia que me ha creado a tu imagen y semejanza, y que me recrea cada vez que pongo mi vida, con todas sus miserias, en las manos misericordiosas del Padre. 

Que tu perdón resuene en mí como certeza del amor que me salva, me renueva y me hace estar contigo para siempre.

Entonces seré de verdad un malhechor bienaventurado y cada perdón tuyo será como pregustar ya desde ahora el Paraíso. 

Padre nuestro …


DUODÉCIMA ESTACIÓN. Jesús muere en la cruz

Te adoramos, oh Cristo y te bendecimos.

Pueblo: Porque por tu santa Cruz redimiste al mundo. 


Lectura del Evangelio según san Marcos (15,33-39)

Al mediodía, se oscureció toda la tierra hasta las tres de la tarde; y a esa hora, Jesús exclamó en alta voz: «Eloi, Eloi, lamá sabactani», que significa: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». Algunos de los que se encontraban allí, al oírlo, dijeron: «Está llamando a Elías». Uno corrió a mojar una esponja en vinagre y, poniéndola en la punta de una caña le dio de beber, diciendo: «Vamos a ver si Elías viene a bajarlo». Entonces Jesús, dando un grito, expiró. El velo del Templo se rasgó en dos, de arriba abajo. Al verlo expirar así, el centurión que estaba frente a él, exclamó: «¡Verdaderamente, este hombre era Hijo de Dios!».

Oscuridad a mediodía: está ocurriendo algo totalmente inaudito e imprevisto sobre la tierra, pero que no pertenece sólo a la tierra. El hombre mata a Dios. El Hijo de Dios ha sido crucificado como un malhechor. 

Jesús  se  dirige  al  Padre  gritando  las  primeras  palabras  del  Salmo  22.  Es  el  grito  del sufrimiento y de la desolación, pero es también el grito de la completa «confianza de la victoria divina» y de la «certeza de la gloria».

El  grito  de  Jesús  es  el  grito  de  todo  crucificado  en  la  historia,  del  abandonado  y  del humillado, del mártir y del profeta, del calumniado y del condenado injustamente, de quien sufre  el  exilio o la  cárcel.  Es  el grito de la  desesperación humana que desemboca,  sin embargo, en la victoria de la fe que transforma la muerte en vida eterna. «Contaré tu fama a mis hermanos, en medio de la asamblea te alabaré» (Sal 22,23).

Jesús muere en la cruz. ¿Es la muerte de Dios? No, es la celebración más sublime del testimonio de la fe.

El siglo XX ha sido definido como el siglo de los mártires. Ejemplos como los de Maximiliano Kolbe y Edith Stein reflejan una luz inmensa. Pero todavía hoy el cuerpo de Cristo está crucificado en muchas regiones de la tierra. Los mártires del siglo XXI son los verdaderos apóstoles del mundo contemporáneo.

En la gran oscuridad se enciende la fe: «¡Verdaderamente, este hombre era Hijo de Dios!», porque  quien  muere  así,  transformando  en  esperanza  de  vida  la  desesperación  de  la muerte, no puede ser simplemente un hombre.

El crucificado es la ofrenda total.

No se ha reservado nada, ni un retazo de su vestidura, ni una gota de su sangre, ni la Madre. 

Ha dado todo: «Consummatum est».

Cuando no se tiene nada más para dar, porque se ha dado todo, entonces se es capaz de dar verdaderamente.

Despojado,  desnudo,  consumido  por  las  llagas,  por  la  sed  del  abandono,  por  los improperios: no tiene ya figura de hombre. 

Dar todo: eso es la caridad. Donde termina lo mío, comienza el paraíso. 

Padre nuestro …

Decimotercera Estación. Jesús es bajado de la cruz

Te adoramos, oh Cristo y te bendecimos.

Pueblo: Porque por tu santa Cruz redimiste al mundo. 

Estación del Via Crucis en el Casco Antiguo de Manises

Lectura del Evangelio según san Marcos (15,42-43.46a) 

Al anochecer, como era el día de la Preparación, víspera del sábado, vino José de Arimatea, miembro noble del Sanedrín, que también aguardaba el reino de Dios; se presentó decidido ante Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús. Este compró una sábana y, bajando a Jesús, lo envolvió en la sábana.

José de Arimatea recibe a Jesús antes de haber visto su gloria. Lo recibe como un derrotado. Como  un  malhechor.  Como  un  excluido.  Pide  el  cuerpo  a  Pilato  para  impedir  que  sea arrojado en una fosa común. José arriesga su reputación y, tal vez también, como Tobit, su propia vida (cf. Tb 1,15-20). La valentía de José, sin embargo, no es la audacia de los héroes en la batalla. La valentía de José es la fuerza de la fe. Una fe que se hace acogida, gratuidad y amor. En una palabra: caridad.

El silencio, la sencillez y la sobriedad con la que José se acerca al cuerpo de Jesús contrasta con la ostentación, la banalización y la fastuosidad de los funerales de los poderosos de este mundo. Su testimonio nos recuerda, en cambio, a todos aquellos cristianos que, también en nuestros días, siguen arriesgando su propia vida por un funeral.

¿Quién podía recibir el cuerpo sin vida de Jesús más que aquella que le había dado la vida? Podemos imaginar los sentimientos de María cuando lo recibe en sus brazos; ella, que creyó en las palabras del ángel y guardaba todo en su corazón.

María, mientras abraza a su hijo exánime, repite de nuevo su «fiat». Es el drama y la prueba de la fe. Ninguna creatura lo ha sufrido tanto como María, la madre que, al pie de la cruz, nos ha engendrado a la fe.

Repetía la oración del mundo: 

«Padre, Abbá, si es posible…».

Sólo un ramito de olivo oscilaba sobre su cabeza al viento silencioso… 

Ni siquiera una espina le quitaste de la corona.

Traspasado  también  el  pensamiento  no  puede,  no  puede  allá  arriba,  no  puede  el pensamiento dejar de sangrar.

Y ni siquiera una mano le desclavaste del madero: para que se limpiara de los ojos la sangre y le fuera concedido mirar allí al menos a la Madre sola…

Hasta los poderosos y maestros de crueldad y la gente, al verlo se cubrían el rostro y él fluctuaba en una nube: dentro de la nube del divino abandono.

Y después, sólo después. Tú y nosotros a devolverle la vida. 

Padre nuestro …

Decimocuarta Estación. Jesús es puesto en el sepulcro

Te adoramos, oh Cristo y te bendecimos.

Pueblo: Porque por tu santa Cruz redimiste al mundo. 


Lectura del Evangelio según san Mateo (27, 59-60)

José, tomando el cuerpo de Jesús, lo envolvió en una sábana limpia, lo puso en su sepulcro nuevo que se había excavado en la roca, rodó una piedra grande a la entrada del sepulcro y se marchó. Mientras José sella la tumba de Jesús, él desciende a los infiernos y abre sus puertas de par en par.

Lo que la Iglesia occidental llama «descenso a los infiernos», la Iglesia oriental lo celebra ya como Anastasis, es decir, «Resurrección». Así es como las Iglesias hermanas comunican al hombre la plena Verdad de este único Misterio: «Esto dice el Señor Dios: Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os sacaré de ellos, pueblo mío. Pondré mi espíritu en vosotros y viviréis» (Ez 37,12.14).

Tu Iglesia, Señor, canta cada mañana: «Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte» (Lc 1,78-79).

El hombre, deslumbrado por unas luces que tienen el color de las tinieblas, empujado por las fuerzas del mal, hizo rodar una gran piedra y te ha encerrado en el sepulcro. Pero nosotros sabemos que tú, Dios humilde, en el silencio en el que nuestra libertad te ha depuesto, estás más activo que nunca, generando nueva gracia en el hombre que amas. 

Entra, pues, en nuestros sepulcros: enciende de nuevo la llama de tu amor en el corazón de todo hombre, en el seno de toda familia, en el camino de cada pueblo. 

Oh Cristo Jesús, todos caminamos hacia nuestra muerte y nuestra tumba.

Permítenos detenernos en espíritu junto a tu sepulcro.

Que el poder de la vida que se ha manifestado en él traspase nuestros corazones. 

Que esta vida sea la luz de nuestra peregrinación terrena. 

Padre nuestro …




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